El autobús hace una parada para que comamos. Nos dan a entender que aprovechemos para comer porque todavía nos queda camino hasta llegar a Katmandú y esta va a ser la única oportunidad que vamos a tener para hacerlo. El sitio es, nuevamente, auténtico. Nuestras mesas están en una especie de balconada, sobre el río, muy caudaloso en este punto. Los platos consisten en una base que siempre es la misma (arroz, lentejas y varias cosas más que no llegué a saber que eran) y que se completa con un cacito de carne, pescado o verdura, a elección de cada uno. El picante, por lo visto, no entiende de fronteras ni de visados, y fiel, nos sigue acompañando. Según nos han dicho todavía nos queda bastante camino por delante así que cuando preguntan si alguien tiene que ir al baño, me apunto; la verdad es que me siento toda una aventurera por ello; un local me abre camino; bajamos por una escalera de donde nos habían llegado ruidos sospechosos; el baño está ocupado y por lo visto tendré que hacer la cola en compañía de varias cabras que tienen aquí metidas; no sé si me entenderé demasiado con ellas y menos cuando veo que se me acercan porque la cuerda que llevan al cuello es un simple adorno que no las ata a ninguna parte.
Reemprendemos el camino hasta llegar a Katmandú. La primera impresión que me llevo es que esta ciudad es toda ella un suburbio; atravesamos calles destartaladas y atiborradas de gente hasta que llegamos a Thamel, el que será nuestro barrio estos dos días y que resulta ser el paraíso en la tierra para unos fans del “made in Nepal” como nosotros: ¡hemos encontrado el Shangri-La! Estamos en un hotelazo de lujo (menuda mierda de mochileros, pero la verdad es que broche final no está mal, para que negarlo, y nos vendrá bien para desincrustarnos en condiciones la roña acumulada en el Tibet) y en el barrio de nuestros sueños consumistas.
La idea inicial es dedicar toda la tarde a comprar, pero resulta que nos dicen que a las 18.30 tenemos que estar en el hotel porque van a venir a buscarnos para ir a cenar. Esto no lo teníamos previsto porque no entraba en el programa, pero después lo entenderemos. Nos duchamos rápidamente y nos lanzamos a comprar compulsivamente para sacar el máximo partido al poquísimo tiempo que tenemos. Vamos desatados, parecemos una panda de niños a los que hayan soltado en Disneylandia.
El hombre con el habíamos negociado el tour del Tibet y Nepal es quien viene a buscarnos. La intención es disculparse por no haber podido cumplir lo acordado en un principio (el trayecto Pekín-Lhasa en tren) y, como compensación, nos invita a una cena típica nepalí con espectáculo. Es un sitio para guiris, donde llevan a grupos organizados y tal, pero bueno, a caballo regalado...
Ya cenados nos llevan de vuelta al hotel pero lo abandonamos rápidamente: ¡queremos marcha! Acabamos en el Tom & Jerry, un bar para guiris (como casi todo en este barrio) con buena música, buen ambiente y buenos precios; eso sí, con cubatas un poco raros, ¿verdad, Lyon?
En el próximo capítulo, la visita a Katmandú (más allá de sus tiendas y sus bares, aunque de esto repetiremos, of course!

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